Fui al hospital por síntomas anómalos. El médico, después de las pruebas concluyentes, me comunicó con cariño y de una manera profesional de que se trataba.
Cáncer.
Cáncer de pecho, concretamente. Se encontraba bastante extendido.
Me dictó los pasos que íbamos a seguir a partir de ese momento y me aconsejó ayuda psicológica si era necesario y por supuesto algún tipo de apoyo emocional.
Comenzaba una dura batalla y debía estar preparada.
Por el shock, los primeros días no podía parar de llorar: lo hacía por miedo, por angustia, por pensar en lo que se me avecinaba. Era una situación tan desesperante que no podía dejar de hacerlo.
Hasta que un día me harté de que estuviera ganándome. No lo iba a permitir.
Me vestí con la mejor de mis sonrisas, llena de valor y orgullo por mí misma, y sobre todo no solo con ganas de luchar sino de vencer.
Y así pasaron días o las semanas, quizás meses... Sinceramente no lo recuerdo, perdí la noción del tiempo por la monotonía.
Se me caía el pelo por la quimioterapia, vomitaba (era muy fuerte), en ocasiones no podía ni levantarme de la cama, perdí bastante peso...
Lo peor no era aquello, sino que algunos de los que yo consideraba mis apoyos emocionales para afrontar aquella lucha a mi lado, sintieron que era algo que les superaba y se largaron sin mirar atrás, sin palmada en la espalda ni tan siquiera una nota de despedida por los años compartido juntos. Absolutamente nada, simplemente se marcharon de mi vida, supongo que con la intención de volver más tarde si sobrevivía o de llorarme en el funeral diciendo cuanto me querían y relatando con lástima anécdotas compartidas por el recuerdo. Me resultaba una actitud tan hipócrita que me parecía enfermiza.
Pero me daba igual, no iba a sentirme sola ni abandonada pues los que yo necesitaba estaban a mi lado, me hacían sentir fuerte y me divertían con sus historias locas del día a día.
En la fecha de visitar al oncólogo me informó, sin entrar en detalles para evitar tantas palabras técnicas sobre el campo de la medicina, que había que operar para quitar los tumores y así evitar el riesgo de que se extendieran por todo mi cuerpo.
Fue duro. Tenía miedo. Pero acepté con la mayor de mis sonrisas.
Llegó el día.
Me prepararon para la intervención.
Me prometieron que todo iría bien. Yo les creí y me dormí.
Al despertar, sentía malestar, confusión, dolor. Mi torso se encontraba vendado.
Los médicos me anunciaron que había sido un éxito, pero debía quedarme durante unos días.
Mi familia y amigos, los que nunca se fueron de mi lado en esa dura y larga guerra, disfrutaron de aquel momento conmigo.
Al tiempo, aún lo recuerdo.
Estuve calva, delgada, decrépita. Muchos me abandonaron.
Hoy en día, disfruto de todos los momentos y de lo que poseo, estrujando cada segundo al máximo.
Me volvió a crecer el pelo, mi cuerpo se hizo fuerte y aprendí que a quien verdaderamente le importas no te abandona bajo ninguna adversidad sino que permanece a tu lado para luchar. Si no es así es que no merece la pena de que lo conserves a tu lado.
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| Me quedé sin pecho. Pero nada ni nadie me arrebató ni mi sonrisa ni mis ganas de vivir. Jódete cáncer, te he ganado. |

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