La madrastra del cuento poseía muchísima paciencia con su hijastra ya que nunca la aceptó, y la niña, para olvidarse de esa situación de tensión, vivía días de fiesta y desfase, mezclandose sus recuerdos con alcohol y humo gris de olor característico.
El Lobo, se conviritó en un compañero fiel. No fue el caso de Caperucita Roja, que seguía siendo una inmadura viviendo en un mundo de cuentos, convirtiéndose en una vulpeja de piernas fáciles y corazón roto.
Los curas fueron sustituidos por las leyes del estado.
La bruja era quien ayudaba al prójimo y la engreída de la princesa era una persona malvada que se dedicaba a recordar los fallos de los demás, como si ella no los tuviera.
Los principes azules, al largo paso del tiempo, se acabaron destiñiendo.
Los golpes de suerte dejaron de existir, nada más que se podía confiar en la fuerza de voluntad de uno mismo para conseguir algo.
Los finales felices, ya no se celebraban con perdíces, sino que las historias comenzaban con multitud de besos de todas las clases.
Sabes qué es lo más triste?? que en la realidad hay muchas princesas que delante ponen una cara y por detrás otra. Algún dia caeran en la trampa de su propio juego.
ResponderEliminarMe ha encantado,cómo se nota cuando las palabras salen directamente del corazón
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