Como de costumbre, se acercaba a la fuente, hasta que un pícaro que respondía al nombre de Lázaro de Tormes le hizo brincar del asombro, al pasar por su lado tan rápido como si se tratara de mil demonios que persiguieran al diablo.
El ladronzuelo había robado pan y estaba huyendo de su dueño.
Y entre tanto escandalo, se distinguía la maldición de Celestina, las voces airadas del dueño y la risotada del pilluelo.
En ese instante, Melibea y Calisto salieron de su castillo a pasear con sus hijos, dos varones y una niña. Se encontraron con un ciego, al cuál ayudaron y Calisto le entregó un par de monedas de oro. El invidente se lo agradecía de corazón, a la vez que los niños jugaban con su madre, entre alegrías y canciones.
Mientras tanto, en lugar de cuyo nombre no quiero recordar, paseando por un campo bordado por trigal, el sol devoraba las tierras con su luz dorada, se encontraba caminando D.Quijote, un hidalgo de lanza astillero, viajando con su caballo blanco Rocinante y acompañado por su fiel y bonachón escudero Sancho, que nunca comprendía a su señor.
Fotografía: GatoNegro_13
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