Un joven caminaba por las calles del puerto.
Tenía un pasado que olvidar, y carecía de un futuro brillante.
No tenía claro nada.
Nadie le quería por allí donde pasase.
Soñaba en convertirse en alguien conocido por sus actos y respetado. Como tantos
otros sueños, se sumergieron en el mar.
Inundado por la pena, huyó al bosque escarlata, donde paso día y noche,
ahogando su llanto con la luna llena, como si de un coyote se tratase.
Cansado de esperar, cogió una cuerda tomando una decisión final. Estaba
dispuesto a retar al destino a ver si era cierto aquello que decían.
La ató a una de las ramas del árbol más cercano.
Contempló su obra, pensando qué sentido tenía deambular más por aquellas
tierras sin sentido ni razón alguna.
Y el pobre diablo se colgó, sintiendo el cálido y angustioso final.
Pero cuando parecía que ya no había vuelta atrás, una figura que apareció de
entre las sombras cortando la soga con un movimiento rápido y maestro.
El chico cayó al suelo, confuso y aturdido, sin comprender nada.
Buscaba a su alrededor al causante de aquello y se topó con él.
Su mirada gélida le atravesó el alma. Por un momento sintió pánico. Se quedó
paralizado.
Aquel momento, quedaría marcado para la eternidad, cambiando su propia
historia.
La figura se acercó tendiéndole la mano para que se levantara. Se la cedió.
-¿Porqué? - le preguntó y el joven le explicó todo lo que llevaba guardado
dentro.
-Yo te acogeré y te enseñaré todo lo que debes saber.
Y así se convirtió en su discípulo.
Le enseño a montar a caballo, el manejo de las espadas y a conducir
poderosos navíos.
Le inculcó el sentido de la unión, de la fuerza, del valor, de la sabiduría
y en la confianza de uno mismo.
Al cabo de unos cuantos de años, el maestro estaba a punto de perecer y el
chico le velaba en sus últimos momentos a los pies de su cama, preparado para
lo que tenía que asumir.
-Tengo.... Algo para ti- Decía fatigoso - Es aquello... Lo que está envuelto
en viejas mantas.... El mundo ya está preparado.... Para conocerte...
El chico extrañado, se levantó para coger el objeto. Lo desenvolvió
con curiosidad y sin ambición.
Se encontró con una espada magnífica y diferente. Una espada de plata.
Perplejo, miró a su maestro y se acercó a él de nuevo.
-¿Y esto?
-Es hora de que el mundo te conozca... Como el Corsario de la espada de
plata...- Le dijo con orgullo.
Lo contempló. Le dedicó una sonrisa decisiva.
-Así será maestro, no le defraudaré. Llevaré a cabo todas las lecciones que
me ha enseñado.
Esa misma noche falleció.
Su sueño había llegado. Sería reconocido y respetado. Así lo haría en honor
a su maestro.
El Corsario abandonó su hogar, y se lanzó a vivir en su poderoso navío
viajando por los siete mares.
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