Año 2018. En un país en que el trabajo existe como una vil leyenda, en
que el dinero es algo muy valioso además de difícil de encontrar y el hambre
acecha en cada rincón. Todo empapado de sufrimiento, en un mundo hipócrita y de
sentimientos contradictorios e ideales rotos, destrozados, humillados.
Un país, en que predomina la ley del más fuerte para combatir y del más
inteligente para huir.
Y nadie recuerda como se llego a tal circunstancia. Lo único que les queda
es rememorar aquellos días felices para sentirse esperanzados.
No entiendo cómo llegamos a esta situación.
Hay que seguir luchando. Alerta. En tensión. Atacar y defenderte.
Estoy escondida. Todo sucedió tan rápido...
Con el suspiro se me escapa el pensamiento de que no vale de nada
lamentarse.
El viento sacude las lágrimas del sauce y a la vez también mis miedos.
Agarro con fuerza el rifle. Tuve que aprender rápido sino quería morir
despacio.
No sé porque lucho en esta guerra absurda. Tampoco se a que o a quien
defiendo.
Solo me queda hacerlo para sobrevivir.
Silencio.
Se acerca alguien. Me agazapo entre los matorrales mientras apunto a los
fantasmas del pasado.
Hacen ruido. Están más cerca, casi huelo su miedo. Se encuentran tan
perdidos como yo.
Paciencia.
Respiro hondo. Disparo rápidamente. La bala en una carrera de velocidad
contra el tiempo, se aloja en sus cuellos.
El sonido de unos cuerpos inertes aterriza en el suelo.
Me acurruco sobre mí misma.
Es una guerra por la supervivencia, quiero pensar.
Si hubiéramos realizado las cosas de otra manera, aprendiendo de nuestros
errores tal como decían los sabios y rectificándolos a tiempo, no hubiéramos
llegado a esto.
Tengo que marcharme antes de que me encuentren, me pongo en pie y camino
mientras cargo de nuevo el arma.
Miro al horizonte, en busca de una respuesta rápida a mi incertidumbre por
el paso del tiempo.
Cae la noche y el sol de esconde en el filo, por la vergüenza que siente de
nosotros mismos.
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