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sábado, 12 de mayo de 2012

En una tarde  cualquiera, dejé que la  vida actuara mientras ella improvisaba, como de costumbre.
Me senté en uno de los bancos de un parque que encontré de camino.
Observaba cada uno de los actores que formaban una obra a gran escala.
En el banco del rincón, había una fiesta, decorado con canciones y acordes de guitarra.
El que se situaba a mi derecha, una pareja joven discutía a voces.
En otro cercano, unos chicos tomaban unas litronas.
Existían polos opuestos en un escenario tan pequeño. Era increíble.
Al paso del tiempo, el chico que discutía se fue de allí dejando a su pareja sola.
En diecisiete pasos, se paró, lo pensó y volvió. Con el orgullo no iba a ninguna parte.
Los acordes y los cantares se hicieron más fuertes, contagiando a todo el mundo que por allí cerca paseaba.
Los chicos de la cerveza se miraron, y entre risas brindaron y siguieron bebiendo.
La pareja entrelazaron sus dedos. Se besaron. No dejarían escapar el momento por estupideces.
Mirando aquella obra de teatro basada en hechos reales, llegué a la conclusión de que la vida puede ser muy perra, pero siempre nos da un buen motivo para ser feliz.
Solo hay que estar atento para encontrarlo y estar pendiente de verlo cuando pase por nuestra vera, valorando hasta el detalle más insignificante.
Me levanté del banco.
Me fui a casa, pensando cuál sería la próxima función que me encontraría hasta que el sueño se hizo conmigo.




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