En una tarde cualquiera, dejé que la
vida actuara mientras ella improvisaba, como de costumbre.
Me senté en uno de los bancos de un parque que encontré de camino.
Observaba cada uno de los actores que formaban una obra a gran escala.
En el banco del rincón, había una fiesta, decorado con canciones y acordes
de guitarra.
El que se situaba a mi derecha, una pareja joven discutía a voces.
En otro cercano, unos chicos tomaban unas litronas.
Existían polos opuestos en un escenario tan pequeño. Era increíble.
Al paso del tiempo, el chico que discutía se fue de allí dejando a su pareja
sola.
En diecisiete pasos, se paró, lo pensó y volvió. Con el orgullo no iba a
ninguna parte.
Los acordes y los cantares se
hicieron más fuertes, contagiando a todo el mundo que por allí cerca paseaba.
Los chicos de la cerveza se miraron, y entre risas brindaron y siguieron
bebiendo.
La pareja entrelazaron sus dedos. Se besaron. No dejarían escapar el momento
por estupideces.
Mirando aquella obra de teatro basada en hechos reales, llegué a la
conclusión de que la vida puede ser muy perra, pero siempre nos da un buen
motivo para ser feliz.
Solo hay que estar atento para encontrarlo y estar pendiente de verlo cuando
pase por nuestra vera, valorando hasta el detalle más insignificante.
Me levanté del banco.
Me fui a casa, pensando cuál sería la próxima función que me encontraría
hasta que el sueño se hizo conmigo.
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