Translate

miércoles, 10 de octubre de 2012

1.30

Corrí sin parar. No sabía si me perseguían, si ya los había perdido. Saqué fuerzas de flaqueza y continúe por medio del bosque.
La noche oscura me abrazaba, como apiadándose de un pobre diablo, que carecía de alma y que no tenía perdón de Dios por asesinar a quien se le cruzó en su camino.
Me apoyé en un árbol muerto en vida, como me podía sentir yo. Pero me escuché fatigar. Mi corazón retumbaba en mi pecho a un ritmo descontrolado, loco por salir.
Mi cuerpo comenzó a engarrotase por la rabia, mis recuerdos locos golpeaban a mi mente suicida sin piedad y secuestraban mi parte más lógica, haciéndome perder la razón.
Grité. Grité de la manera más desgarradora posible. Ya no me importaba que me siguieran, que quisieran matarme. No me sentía humano.
Me quedé sin voz, y afónico me dediqué a llorar mientras me rendía ante las raíces de aquel dichoso árbol muerto que parecía observarme mientras se burlaba de mi existencia, porque él, aunque estuviera seco, seguía erguido luchando por un lugar de ese patético bosque lleno de vida.
Comencé a mirarle. No era hermoso, era negro como mi corazón, pero era fuerte. Tan fuerte que me sentí intimidado.
Sequé mis lágrimas con la manga sucia de mi chaqueta.
La soledad quiso hacerme compañía. El silencio robó los silencios del bosque.
Apoyé mi mano en su corteza rígida. Si lo acariciaba se desmoronaba, pero no parecía importarle. Comenzó a impresionarme.
No tenía nada. Por no tener, carecía hasta de la existencia de un halo de vida. Pero no quería rendirse.
Me levanté y me quedé observándole ¿quizás durante horas? pensando en el porque la casualidad me había llevado hasta ese árbol, de porque el azar jugó una carta a mi favor, cuando me merecía una jugada entera en mi contra.
Porque ese árbol tan insignificante seguía luchando, si lo había perdido todo.
Comenzó amanecer. Los primeros rayos de sol lo atravesaron desesperadamente en un intento de reanimarlo.
No parecía tan tenebroso como la noche me hacía creer. Entonces lo comprendí.
No podía creerlo, me acerqué para verificarlo y sí, era cierto.
Existían brotes verdes. Renacía de su propia muerte en busca de una segunda oportunidad. Me hizo recordar el tilo de Linn, aquel que custodiaba almas. Este árbol luchaba por mantener en su interior aquello que le hacía especial, lo que le permitía renacer. El cuál, después de Dios sabe cuántos años o siglos, lo estaba consiguiendo.
Sí.
Todos merecemos nacer de nuevo y comenzar una segunda oportunidad desde cero, por mucho que hayamos perdido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario