Llovía. Las gotas decidían acabar con su fría vida precipitandose al vacío utilizando como trampolín las puntas de mis rizos.
Mis labios rojos resaltaban en la oscuridad de la noche. Sonrío.
Esperaba de pie sin temer lo que podía perder. La suerte estaba de mi lado.
Mi arma permanecía en el bolsillo. Pensamientos incoherentes me bombardeaban el cerebro pero cuando saqué la petaca los hice callar con un trago de whisky.
Todo mientras esperaba, llovía más fuerte, estaba cada vez más oscuro y yo no dejaba de sonreír porque sabía que llegaría mi momento.
Tú aparecistes, con pasos lentos y pesados como si el mundo fuera tuyo mientras te ocultabas en aquel paraguas. Esa sonrisa fanfarrona me puso enferma.
Ya no necesitaba las sombras para camuflarme y aparecí en la luz de una farola sonñolienta que parpadeaba. Te miré fijamente, empapada, sonriente, segura de mí misma.
Me mirastes los labios. Más desearías pues jamás los rozarías.
No temblé en sacar la pistola del bolsillo, apuntarte, dispararte y matarte. Uno menos.
El sonido aún retumbaba. Guardé el arma. Te miraba mientras te desangrabas y me daba igual. Yo sonreía. No estaba enferma, estaba hinchada en orgullo pues podía con quien fuera, pero aquella imagen me taladró mi cabeza haciendo salir a la luz un nuevo recuerdo oculto de mi memoria selectiva. Alguien gritaba mi nombre porque estaba en apuros y lo siguiente que recuerdo es que todo estaba lleno de sangre.
Me harte.
Al final de la noche fuí a un tatuador para grabarme en la muñeca derecha "Truth".
Así no olvidaría jamás que luchaba por conseguir la verdad.
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