Llegué a la hora de siempre, para no variar.
Coloqué mis apuntes encima de la mesa donde tengo costumbre de sentarme, al lado de la sección de psicología. Ganas de estudiar para comerme el mundo no me faltaban.
Al cabo de los minutos apareció un chico, rodeando la larga mesa, sorteando sillas donde podía sentarse. Hasta que lo hizo frente a mí.
Lo miré con desprecio, incluso llegué a odiarle por un instante.
Pero lo observé mejor y algo de él me cautivo.
Moreno, barba de hace más de tres días y ojos que aludían al otoño.
Las miradas comenzaron a surgir y las sonrisas las seguían de la mano.
Necesitaba consultar un libro de la sección de historia. Me levanté en su busca.
Él siguió mis pasos.
El lomo del ejemplar era acariciado por mi mano y esta por sus dedos.
Sentí que algo dentro de mí se bloqueaba. Mi razón era secuestrada por su mirada.
Me besó.
-Te quiero- era mentira.
-Me gustas- eso sí era verdad.
Me arrinconó contra la pared y pasamos de hacer el amor a follar.
Nos llegamos a conocer muy bien, y en sueños vivíamos juntos, pero no iba más allá de la realidad.
Un suspiro tras acabar marcaba el final, quedamos como amigos y volvimos a la mesa a estudiar.
A medida que pasaban las horas dejaba de conocerlo, convirtiéndose ante mis ojos un ser irreconocible.
Cerraba la biblioteca.
Yo ya no sabía nada de él, el tiempo así lo impuso.
Esto es la vida real.
Amores fugaces en la biblioteca.
por desgracia,suele pasar bastante,en mi caso,soy más anticuado.Yo soy de los que aún creen en el amor eterno (tristemente) ;)
ResponderEliminarAsí es más divertido! :P
ResponderEliminarHay trozos que me gustan mucho (cómo están escritos, quiero decir)